A veces los parásitos resurgen de las grandes heridas que fueron curadas.
Pero aun así, existen caricias que nacen entre desiertos y temores, y hay fueguitos que iluminan en las más de las temibles oscuridades. Cuando ese fuego se enciende, arde la alegría de saber que hay una nueva victoria, que queda el instante, ese minuto que te acompaña sin pedirte nada, más que su atención.
Y ahí nos encontramos completos, serenos, perplejos, delante del mundo de los sueños que cambian perdidos en el tiempo.

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